Tengo los ánimos hechos polvo. El corazón aplastado y roto. Mi cordón de plata está muy tenso ya, pues mi alma sigue luchando por estar junto a él y amenaza con desprenderse de mi cuerpo para ir a seguirlo.
Me sigue doliendo verlo y no ser más que una extraña para él.
No sé que vendrá después. Trato de pensar en otras cosas, pero no puedo ni pensar. Me jalo los cabellos y después de más de 80 días, me sigo preguntando ¿por qué? ¿cómo?. Ya le hubiera dado la vuelta al mundo a bordo de un globo aerostático en ese lapso tiempo. Pero no le puedo dar la vuelta ni a mi mente.
Mi otra yo ya no se ríe. Me mira intensamente desde un rincón y llora. La veo fijamente cómo descienden de sus ojos un par de lágrimas, mientras sus ojos inexpresivos siguen mirándome. Su cabello se ve sucio pero da igual, a nadie le importa.
Soy una tonta. Me he repetido la frase "nada es definitivo" tántas veces que en vez de terminar creyéndomela, la veo cada vez más mentirosa, cada vez más hipócrita. "nada es definitivo..." ¿y luego qué..? "no interrumpas, nada es definitivo salvo esto que te pasó a ti, niña tonta". Cierra la boca y aprende a olvidar... sí, ¡qué fácil se dice!
Cómo quisiera convertirme en piedra. Una piedra pesada y tosca, como yo, con la diferencia de que esto ya no me dolería.
"Cómo alucinas, Annie"
« Lagunas mentales | Inicio | El amor apesta »

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados